Exposición “Anglada-Camarasa (1871-1959)” en CaixaForum Sevilla

Tras el viaje a Lisboa y a la vanguardia artística portuguesa en la primera mitad de siglo XX con la obra de Almada Negreiros, queremos invitarles a visitar el CaixaForum de Sevilla, inaugurado hace apenas unos meses. Ubicado en el complejo Torre Sevilla, en la Isla de la Cartuja, y con 7.500 metros cuadrados de superficie, abrió sus puertas el pasado mes de marzo con dos exposiciones: «¡Mírame! Retratos y otras ficciones en la Colección ”la Caixa” de Arte Contemporáneo» y «Anglada-Camarasa. 1871-1959». La segunda, que permanecerá abierta hasta el próximo domingo (20 de agosto), propone un recorrido por la obra del pintor modernista catalán Hermen Anglada-Camarasa (Barcelona, 1871-1959). La exposición está compuesta de 94 obras e incluye grandes óleos así como la selección pública más extensa de la obra litográfica del artista español.

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Si aún no conocen su obra, les recomendamos acercarse al estudio de María Villalonga Cabeza de Vaca Anglada-Camarasa: desde el Simbolismo a la Abstracción (Iberoamericana/Vervuert, 2015), que se concentra en los veinte años que el artista pasó en París (1894-1914) y busca llevar a cabo una reevaluación de su pintura y de su posición en la Historia del Arte. Consta de cinco capítulos en los que se analizan diversos temas relacionados con la vida y obra del pintor, así como la influencia del paradigma modernista en sus trabajos. Sobre el éxito de Anglada-Camarasa en vida y de su escaso reconocimiento posterior cuenta la autora en el prólogo:

«A partir de 1900, Anglada-Camarasa gozó del prestigio que va unido al éxito. Durante las primeras décadas del siglo XX, su fama se extendió por Europa, Estados Unidos y Argentina. Un caso que solo iba a ser superado más adelante por Picasso y Miró. Sin embargo, tras su muerte, durante muchos años Anglada-Camarasa quedó relegado prácticamente al olvido, algo sorprendente para un observador contemporáneo que contrastase esta indiferencia académica con el reconocimiento que este artista obtuvo durante su vida.

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Como prueba del éxito de Anglada se puede aportar la lista de premios y distinciones que obtuvo en su vida, entre ellos los de mayor prestigio en aquel momento. También es prueba de su éxito el impacto que su obra tuvo en otros artistas, como Picasso, Kandinsky y Meyerhold, que también estuvieron entonces en París y que más adelante conseguirían un estatus superior al de Anglada en la Historia del Arte. Pero la mayor prueba del derecho de Anglada a ser resucitado para la Historia del Arte es su propio trabajo. Desde sus pequeños bocetos a sus óleos de grandes dimensiones, su uso de los colores y las formas es fundamental para quien esté interesado en comprender mejor la explosión de estilos y las diversas interpretaciones del significado del arte que tuvieron lugar en las primeras décadas del siglo XX. Arthur Danto denomina este periodo la “época de los manifiestos”. Fue él quien lideró el intento de corregir las limitaciones ocasionadas por las explicaciones lineales de la Historia del Arte en Europa a comienzos del siglo XX, a consecuencia de las cuales quedaron excluidos del canon numerosos artistas de la época del surgimiento del Modernismo.»

Pueden leer más sobre esta obra en la entrevista que el periódico Última Hora realizó a María Villalonga Cabeza de Vaca poco tiempo después de ser publicada.

#NovedadVervuert La modernidad imaginada: arte y literatura en el pensamiento de José Carlos Mariátegui (1911-1930)

El pasado 3 de mayo, en el marco del II Congreso Internacional de Teorías, Crítica e Historias Literarias Antonio Cornejo Polar, Álvaro Campuzano, junto con Nicolás Magaril y Rafael Mondragón, presentó en Lima su obra La modernidad imaginada: arte y literatura en el pensamiento de José Carlos Mariátegui (1911-1930). Aquí reproducimos algunos fragmentos de los textos leídos por el autor y por Nicolás Margaril, que nos cedieron generosamente.

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«En su conjunto, el foco de atención de este libro se dirige hacia ámbitos más bien relegados de la obra de Mariátegui: su prosa modernista de juventud, poblada de visiones románticas de Lima y el mundo, y un libro de ensayo cuya gestación fue interrumpida (que se proyectaba publicar en Buenos Aires) donde se plasma una amplia reflexión sobre el potencial crítico de las vanguardias literarias y artísticas.  El hilo principal que trama o enlaza las dos secciones, la cuestión a la que siempre retornan los diversos capítulos, remite a un anhelo, a una disposición de experimentar el mundo a contracorriente del curso efectivo de la historia. Leer a Mariátegui desde esta perspectiva constituye, entonces, una invitación a leer, en sintonía con su propio itinerario pero yendo incluso más allá de él, la amplia estela de los modernismos y vanguardismos latinoamericanos en búsqueda de señales que activen el recuerdo de otras formas imaginadas pero posibles de ser modernos.

Así, el impulso detrás de toda esta indagación se guía por la mirada del ángel de la historia figurado por Benjamin: ante la destructividad del progreso, especialmente intensa en el siglo XX, el ángel detiene su mirada en lo que es marginado del curso de la historia narrada por los vencedores; su impulso es el de redimir y recomponer los escombros de lo que fue derrotado. Mantener viva la mirada crítica de los vencidos, siguiendo a Enzo Traverso, es especialmente necesario en este momento de la historia en el que las esperanzas emancipadoras del pasado corren el riesgo de ser simplemente olvidadas. Una cierta forma de nostalgia, distinta a la melancolía paralizante, es, sugiere Traverso, la condición esencial de todo pensamiento crítico plenamente actual. Esto apunta a la necesidad de transmisión y recreación de la memoria, a la gestación de sentidos de continuidad histórica a partir de voces marginadas y de pequeños caminos aledaños a las grandes carreteras. Un desafío de esta naturaleza, que no se puede acoger sino con humildad, es, precisamente, lo que Michael Löwy sugiere en el generoso prólogo que escribió para este libro.»

Álvaro Campuzano


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«Un doble impulso crítico recorre el trabajo de Álvaro Campuzano, uno orientado a desagregar el pensamiento de Mariátegui en su multiplicidad, y otro orientado a postular una clave de lectura que la articule en función de una especie de núcleo de irradiación ideológica. Por un lado, entonces, se despliegan los paisajes culturales y bibliográficos a través de los cuales se abre paso, entre 1911 y 1930, una biografía intelectual, y por otro lado se interroga el fundamento político de la misma, que es también una sensibilidad y una mística militante, esencialmente anticapitalista, basado en la posibilidad de concebir una modernidad diferente. Ambos impulsos proceden en simultáneo, rectificando mutuamente sus perspectivas y generando una dinámica de análisis que da cuenta de una visión, la visión mariateguiana, a la cual nada de lo contemporáneo le es ajeno, no solo por una formidable capacidad de aprehensión y discernimiento, sino también por disponer de un horizonte que le permite explorar la trama de esa escena, e incidir en ella, sin nunca desentenderse del sentido histórico de su exploración. El trabajo de Álvaro nos deja observar que este horizonte no es estático, ni mucho menos dogmático, respecto de una casi vertiginosa movilidad de asuntos y expresiones, sino que reinventa los términos de su potencial libertario a partir de esa movilidad. Emerge así, a través de estas páginas, la figura de Mariátegui como crítico cultural revolucionario radicalmente heterodoxo, la figura del intelectual moderno por excelencia: que se traza un ámbito al mismo tiempo que asume compromisos que lo impulsan fuera del mismo, que se sitúa en puntos donde converge y se tensiona la literatura y la filosofía de la historia, la teoría estética y socia, la crítica de la civilización y la imaginación civilizatoria, entre la filología de detalle del recensor y la genealogía del historiador; puntos, además, siempre como desplazados de donde se supone que había esperarlos. […]

Un momento especialmente atractivo del estudio de Álvaro es la reconstrucción de las lecturas literarias de Mariátegui. En ese cruce, en esa posibilidad de desplazamiento entre el neorrealismo soviético y el surrealismo francés, o entre la narrativa alemana de posguerra y la técnica de Manhattan Transfer, se hace especialmente evidente, y fascinante también, la heterodoxia de Mariátegui.

Por otro lado, el trabajo conjuga la exhaustividad necesaria respecto de los debates, contextos y fuentes, y la imaginación crítica adecuada respecto de la singularidad de la experiencia de Mariátegui. Pero la misma exhaustividad sería la que deviene imaginaria. El ejemplo sería el del “mosaico” como metáfora, material y simbólica, de la obra de Mariátegui y del tipo de lectura que la misma exige. La metáfora del mosaico, desarrollada en la última sección del libro, deriva del fecundo intercambio epistolar entre Mariátegui y otro de sus interlocutores argentinos, el artista plástico Emilio Pettoruti, creador precisamente de mosaicos experimentales en la década del 20. Leer la obra de Mariátegui, leer no menos su escritura que todo el programa de lecturas que esa escritura implica, es, entonces, según la expresión de Álvaro, “leer un mosaico”. Interesantemente, además, se expande esa clave de lectura más allá de las fronteras de la obra de Mariátegui, para esbozar, en el cruce con otras enseñanzas no menos decisivas en la formación del autor, como la de Bolívar Echeverría, una dimensión crítica para releer el mosaico de la modernidad y las vanguardias, procurando desencadenar, como Mariátegui, su siempre latente energía emancipatoria.»

Nicolás Magaril

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