PREMIO Y MENCIÓN EN LASA 2016: ENHORABUENA (Y GRACIAS)

 

Estamos estos días en el LASA de Nueva York con una selección de libros, encantados de saludarte si pasas a conocernos.

Entre los títulos que hemos traído, figuran estos tres que detallamos a continuación y que han recibido Premios y Menciones en LASA 2015 y 2016. Queremos felicitar a las autoras de los libros y darles las gracias por confiarnos su trabajo, así como agradecer también a las comisiones evaluadoras de los premios LASA por tenernos en consideración.

Todos los libros están también disponibles en nuestra web, libres de gastos de envío: http://www.iberoamericana-vervuert.es/

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Estamos presentes en el XII Congreso Internacional de Lingüística General

Nos hemos traído una mesa de libros seleccionados y estamos esperándoles en el Colegio de Málaga de Alcalá de Henares. Nos encontrarán en la mesa desde las 9:00 a las 18:00 hs, donde estaremos encantados de saludarles, desde hoy hasta el 25 de mayo.

Ofrecemos un 25% de descuento en todas las publicaciones de nuestra casa editorial, y esperamos haber acertado con la selección que ponemos a su disposición de otras casas editoriales: Akal, Axac, Colmex o Cilengua, por ejemplo.

Encuentran más información sobre el congreso pinchando aquí: http://cilg2016.org/home/index.php

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TEXTO DE GUSTAVO MARTÍN GARZO SOBRE LA ESCULTURA DE JULIO LÓPEZ

El escritor Gustavo Martín Garzo ejerció de presentador, junto con Antonio López, del título Notas a pie de obra de Julio López. Este evento tuvo lugar el día 6 de abril de 2016 en la Librería La Central del Museo de Arte Reina Sofía. Fue, para nosotros, una noche memorable, por la emoción, las buenas palabras y por inmejorable elenco y público que nos acompañó.

Antonio López, Julio López y Gustavo Martín Garzo

Gracias a la generosidad de Gustavo Martín Garzo, compartimos con ustedes el texto de su presentación, que esperemos disfruten como nosotros hicimos en su día y hemos vuelto a hacer ahora. Muchas gracias.

 

La edad de la caricia

(Gustavo Martín Garzo) 

 

El escultor regresa a su antiguo estudio y repara en una triste figura de barro en la que había estado trabajando veinte años atrás. Es una obra inspirada en una fotografía hecha durante la primera comunión de una de sus hijas. La imagen muestra a la niña y a su hermana con una flor que simboliza el despertar a la vida. Es una tierna escena que habla de ese paraíso de esplendores desaparecidos al que se refiere Lewis Carroll en A  través del espejo. Empecé modelando, escribe el escultor en sus notas, el atrayente y mágico triángulo que formaban sus brazos y sus manos aproximándose al eje de su cara. Y veía en ello la grata conjunción de un deseo, la voluntad de conseguir algo. Pero esa escultura, en la que trabaja obsesivamente por un tiempo, queda sin terminar y es ahora, muchos años después, cuando vuelve encontrarse con ella. Le ha pasado otras veces. Trabaja en un proyecto y de pronto hay algo que detiene su mano y le hace abandonar la tarea. La obra de Julio López Hernández,  su obra más personal, está llena de esculturas así. Esculturas que son fragmentos, proyectos abandonados, restos de algo que quiso hacer pero que no llegó a completar. Aquello que no se acaba parece tener más derecho a permanecer que lo que se concluye, anota Julio López Hernández en su cuaderno.

También la obra de Franz Kafka está llena de fragmentos así. Ocupan las páginas de sus diarios, donde abundan todo tipo de anotaciones y proyectos de relatos que nunca concluye. Incluso sus novelas están sin terminar, como si lo que le interesara del acto de escribir fuera el proceso mismo, no el resultado. En uno de esos fragmentos habla de Abraham. Este no se rebela contra Dios, pues ¿cómo podía hacer algo así?, pero se las arregla para demorar indefinidamente su salida hacia el monte donde debe sacrificar a su hijo. El Abraham que imagina Kafka siempre encuentra cosas que hacer antes de su partida, y en esa demora infinita, en ese tiempo robado a sus altos deberes,  va ganando para su hijo el tiempo que este necesita para vivir. La escritura es para Kafka ese tiempo robado a la muerte, a la ley del padre.

Y basta con visitar el estudio de Julio López Hernández para asistir a algo parecido a ese mundo de tentativas, de nuevas ocupaciones, de tareas que nunca concluyen a que se entrega el Abraham de Kafka. Llegué a pensar, escribe el escultor en otra de las páginas de estos cuadernos, que me dominaba un desconocido y perturbador vicio. El regodeo en no acabar las cosas, el dejar que la obra fuera terminándose ella misma, parecía ser el síntoma de una cierta lasitud y algo que, al ir marginándome el oficio, separándome del profesionalismo activo, con suerte podría proporcionar a mi obra otra dimensión más atractiva. Sería como trabajar de negro para la propia escultura, ingresando a ese grupo de los autores anónimos. Y, en efecto, a cualquier lugar a que volvamos lo ojos vemos restos, fragmentos de obras sin terminar. Ocupan los rincones, las encimeras, los taburetes, el hueco de las escaleras. Vemos manos, troncos humanos, cabezas, figuras a las que les faltan las piernas, raras veces cuerpos completos, y en caso de que sea así, siempre cuerpos con alguna falta. Aun más, Julio López Hernández ha transformado todo esto en una marca de su propia concepción de la escultura que en cierta forma cuestiona su filiación a la escuela realista en la que se le suele situar. Un espejo que se pasea por un camino, así definió Stendhal la novela. A lo que Julio López Hernández, citando una frase de Mark Strand, añade: Pero, el espejo no es nada sin ti.  Pero ¿quién ese tú que se asoma al espejo? Tiene un rostro, un cuerpo definido, pero también un mundo de deseos y sueños, de pensamientos de los que no sabemos nada, y Julio López Hernández quiere aproximarse a ese tú escondido. Sentí la necesidad de meterme dentro de ella, vuelve a escribir en su cuaderno, verla desde allí y no desde aquí, de captar los detalles de su propia concavidad y sentir cómo el negativo de mi escultura cobraba más valor que su parte visible, como lo hueco podía engendrar, mientras que la convexidad solo se dejaba ver.

Ese vacío, ese hueco tiene que ver con la interioridad, con todo aquello que estando ahí no llegamos a ver. Porque la realidad ¿qué es? ¿Solo lo que tenemos delante de los ojos, aquello que percibimos con nuestros sentidos y que compartimos con los demás? Una calle es real porque sus tiendas, sus aceras, son visitadas por multitud de personas, que pueden encontrarse en ella y detenerse ante sus escaparates. Pero los sueños, los deseos ocultos, todo lo que esas personas callan acerca de sí mismos y de lo que quieren, acaso ¿son menos reales? Estela para un cuadro que no llegó a pintarse es una obra de Julio López Hernández en que apenas vemos otra cosa que un fragmento del rostro de una mujer y la mano que traza los contornos de un pequeño cuadro. Y el escultor anota en su cuaderno: Su mano, siempre bella, situada donde le correspondía, trabajaba vuelta sobre sí misma, hacia dentro, hacia ese espacio que solo le pertenecía a ella y donde sus anhelos se refugiaban.

No se trata de ver lo que no hay, en una suerte de delirio de la subjetividad, sino de ver donde an­tes no acertábamos a hacerlo. Y sólo la imaginación nos enseña a hacer esto. Algo así debió de sentir Julio López Hernández al regresar a su viejo taller y encontrarse con la escultura sin terminar de su hija. El tiempo ha resquebrajando el barro en que está  modelada y él, cautivado por algo que no sabe explicar, se pone a trabajar de nuevo en ella. Perfila sus brazos y sus manos y fija las grietas del tronco para que este no se deteriore más. Y le añade la flor, esa flor humana de la que habla Octavio Paz en uno de sus poemas.  Pero apenas toca su rostro ni su torso, pues lo que le interesa ahora es ese misterio que le ha hecho detenerse ante ella como si guardara algo que no debe ser tocado. Esa es su tarea, dar cuenta de esa belleza que se ofrece y se esconde a la vez. Y puede que sea esa la razón de que sean las manos las principales protagonistas de la obra de nuestro escultor. Manos de tejedoras, de dibujantes, manos que escriben. Manos exentas, dueñas una existencia ajena a los cuerpos a que pertenecen, que parecen flotar en el aire o que descansan sobre mesas y taburetes como animales pensativos.  Manos que modelan la materia, que  se posan en el barro y el mármol, que no toman las cosas sino que las dejan ir. Retratar un mármol y que este te mire con claridad y dulzura solo se consigue si eres perenne en la caricia, si mantienes tu fidelidad a prueba de tormentas y zozobras, escribe en sus notas a La edad de la caricia, una de sus obras. Pero ¿qué es una caricia sino el gesto de la mano que sabe detenerse a tiempo, la  mano que no quiere poseer, que se acerca y a la vez comprende que debe dejar ir lo que ama? ¿La mano que bendice lo que toca?

Estas manos no son distintas a las nuestras, pues todos buscamos algo que no tenemos. A eso aspiran nuestras caricias, a completarnos. La mutilación, las carencias, el destino trágico constituían en las culturas antiguas el pago y el signo de  la excelencia en ciertas dotes, por ejemplo: la facultad poética. Homero, el más grande de los poetas, era ciego. Al contrario que en el mundo de la psicología, donde ciertas cualidades no son sino la compensación o sublimación de una deficiencia original, en el mundo de los cuentos la falta nombra el lugar de la apertura hacia el otro. Adorno dijo que la verdadera pregunta, la que funda la filosofía, no es la pregunta por lo que tenemos sino por lo que nos falta.

Toda la obra de Julio responde ese deseo de ofrecernos la imagen interior de lo que somos, de ir al fondo del secreto. Eso explica ese aura de silencio y profundidad que sentimos ante sus obras. Por ejemplo, ante Marcela y su luz. Se trata de una escultura doble en que vemos a un muchacha dejando sus lentillas en un pequeño estuche, y, enfrente, sus manos exentas frente a un espejo. Pero estas manos ¿de quién son?, ¿qué hacen ellas solas? Pertenecen a la niña que está arrodillada, pero a la vez son el símbolo de todo lo que estando en ella no llegamos a ver. El símbolo en suma de su alma. Y tal vez convenga recordar aquí lo que dijo Aristóteles sobre el alma,  que es una mano y también todas las cosas. Es lo que pasa en El tesoro de Marcela, donde la niña entera desaparece y solo queda su tronco y sus manos conteniendo algo que ya no está. ¿Eso es el alma: todo lo que hemos perdido? Luz de las tinieblas y luz del cielo, eso guarda el tesoro de Marcela. Sigue leyendo