RESEÑA: EL DIÁLOGO ORAL EN EL MUNDO HISPANOHABLANTE

La profesora Susana de los Heros ha publicado en Infoling la siguiente reseña de nuestro título: Fant, Lars; Harvey, Ana María. 2011. El diálogo oral en el mundo hispanohablante. Estudios teóricos y aplicados. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert. Infoling 8.9 (2013).

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RESEÑA:

521594Esta obra permite al lector obtener una visión panorámica del tipo de trabajos que se  están realizando sobre el español oral en sus usos sociales y su adquisición como L2. Los editores, Ana María Harvey y Lars Fant, nos indican en la introducción que este texto es fruto del proyecto Estudios de Interacción Verbal en Estocolmo y Santiago (ElVES), auspiciado por la Universidad de Estocolmo en Suecia y la Pontificia Universidad Católica de Chile. La finalidad de este proyecto es «promover los estudios del diálogo en lengua española» (p. 13).

El libro contiene once capítulos escritos por distinguidos académicos de América del Norte y Sur, y de Europa. Sus contribuciones giran en torno a la interacción verbal, prestando especial atención al español actual. A pesar de que todos los trabajos tienen un punto temático en común –el estudio de la lengua oral– algunos poseen un corte teórico y otros son, más bien, investigaciones empíricas realizadas con metodologías diversas.

Los dos primeros capítulos son introductorios. El  primero es una aproximación a las actividades en este campo de investigación y el segundo, un marco teórico novedoso adaptado al análisis dialógico. Así, en el primer capítulo «La oralidad y su temática discursiva a partir de 2000», Luis Cortés Rodríguez nos proporciona una cuantificación minuciosa de los estudios en esta área de investigación. Este autor los cataloga por metodología y temática. Así vemos que las publicaciones concernientes a la cortesía, la ironía y el humor se han incrementado en el último decenio. Igualmente, vemos que en los estudios sobre el nivel supraenunciativo, aquellas sobre el registro político, periodístico o técnico, superan a las del registro coloquial. Hay también un aumento de investigaciones realizadas a través del Análisis Crítico del Discurso, que trata sobre el poder, la desigualdad, y el racismo, entre otras. En publicaciones sobre los condicionantes en el modelo textual, nos indica Cortés que la argumentación está pasando a primer plano. Más aún, en este siglo se eleva «el número de estudios sobre discursos políticos, académicos, publicitarios etc., cuando el análisis de los mecanismos de argumentación empleados en dichos campos de estudio incentiva el tema» (p. 31). Igualmente, Cortés nos menciona que los estudios de la pragmática clínica están creciendo en importancia en este siglo. Concluye indicando las principales revistas en español sobre la oralidad en esta lengua (Oralia, y Discurso y Sociedad), en versión digital o impresa y sobre los congresos especializados realizados sobre estos temas. En cambio, en el Capítulo 2, «Reconsiderando la teoría y práctica del análisis del diálogo», Per Linell delinea una teoría dialógica ilustrándola con ejemplos tomados de interacciones de dos tipos de actividad comunicativa o TAC, ocurridos en Suecia y traducidos al español chileno. En primer lugar, hay que indicar que el término diálogo se entiende de una forma abstracta, que incluye todo tipo de comunicación que involucre un interlocutor ya sea real, abstracto o uno ideal, por lo que se incluyen textos escritos. Aunque la teoría coincide en muchos aspectos con el Análisis del Discurso, difiere del perfil más «ortodoxo [que] marginaliza el conocimiento etnográfico» (p. 55). En este acercamiento, se propone más bien un análisis lingüístico más integrador con el macro-contexto de las interacciones o diálogos. En el análisis del diálogo, tal y como lo propone Linell, las nociones de interacción y de contexto son medulares. De esta forma, la teoría asume el discurso como interaccional y conceptualiza el diálogo como un proyecto comunicativo donde existe una reciprocidad entre las contribuciones, así como una interdependencia entre los actos de habla de los participantes (virtuales o actuales). Se enfatiza que los que participan en un diálogo tienen mecanismos de «reactividad (capacidad de generar una respuesta)» y de «direccionalidad». Un elemento importante, que consideramos uno de los puntos más interesantes del planteamiento, es el concepto de TAC, que se propone como un «meso-concepto y como puente entre el orden interaccional [lo individual] y el orden institucional» (p. 56). Este tipo de análisis permite hacer un examen más detallado de las interacciones en un marco social e institucional que da cuenta de cómo se organiza el discurso en distintas instancias.

Los dos capítulos siguientes son más empíricos. Irene Fonte y Rodney William son los autores del Capítulo 3, quienes en «Hacia una redefinición de la deixis personal en el español oral: un estudio conversacional» proponen un análisis con distintos niveles de abstracción para una mejor interpretación de los usos de los deícticos en el diálogo en el español. Para ilustrarlo, dan ejemplos del español hablado en México. La deixis es una forma con la cual los usuarios de la lengua se relacionan con su/s interlocutor/es en un determinado contexto espacial y temporal. Aunque hay distintos tipos de deícticos, aquí se aborda solo la deixis personal. La exposición se inicia detallando el enfoque tradicional y cómo este ha tendido a ser reduccionista, enfocándose solamente en la deixis pronominal y verbal «de primera persona referidos al hablante, y de segunda persona enfocados hacia el interlocutor» (p. 69). Fonte y Williamson se distancian de esa posición. Para ellos, algunos usos de la tercera persona, antes considerados no deícticos, se incluyen en esta categoría. Más aun, se sitúan dentro de un enfoque pragmático enmarcado en el diálogo donde los deícticos pueden ser estrategias de los hablantes para mostrar inclusión, exclusión, o inclusive para la despersonalización. Asimismo, el yo puede servir como un deíctico enfatizador, el tú como una forma de generalización del interlocutor al que uno se dirige y el que habla a la vez (p. 88). Igualmente, el nosotros puede emplearse como una forma para articular solidaridad, y la tercera persona para poder «designar un referente colectivo indefinido» (p. 90). Este «modelo del funcionamiento de la deixis personal en la gramática oral» permite relacionar distintos grados de abstracción en los referentes. En algunos casos, estos son el mundo real y las referencias concretas de los hablantes, y en otros son más bien mundos hipotéticos. Encontramos que este planteamiento refleja de manera más fiel la forma como se emplean los deícticos discursivamente. No obstante, los datos provienen únicamente de tres conversaciones entre tres informantes.

En el Capítulo 4, «Mitigación del compromiso asertivo y mecanismos argumentativos en la oralidad: los operadores de debilitamiento», Estrella Montolio Durán examina los operadores en principio, de momento / por el momento, por ahora y en teoría. Ella observa las similitudes funcionales que estos tienen en el discurso, al igual que sus diferencias, ampliando así un trabajo anterior. Los ejemplos, provenientes de España y de Chile, se han sacado del Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) de la RAE. El examen de Montolio Durán muestra que estos operadores funcionan como mecanismos de debilitamiento en la medida que los hablantes los emplean para marcar un distanciamiento de la verdad de lo dicho o como una indicación de que la información dada tiene un elemento de provisionalidad, o sea que puede haber cambios en la situación descrita en un lapso de tiempo no tan lejano. Es más, estos operadores ocurren seguidos de un elemento contra-argumentativo que refuerza este carácter debilitador. El contraste entre los patrones sintácticos y los usos de estos operadores revelan dos grupos: «mientras que, por ahora / por el momento / de momento son operadores de predicado, en principio lo es de la predicación» (p. 116). Igualmente es interesante observar que en teoría coincide en el uso con el operador temporal en principio.

Lars Fant, en cambio, en el capítulo 5, «Modalización discursiva en el diálogo oral», propone analizar la modalización discursiva, basándose en la teoría de la dialogicidad (esbozada en el capítulo 2 de este libro). Sus ejemplos provienen de diversos corpus orales y de distinto tipo de actividades comunicativas. Una noción esencial en este tipo de análisis es la de ‘potencial significativo’ de todo elemento lingüístico. Este concepto asume que en todo componente lingüístico existen distintas redes de significados, algunos nucleares y otros más bien periféricos, que se van a actualizar dependiendo del contexto. Una forma de situar el significado es mediante la modalización. De esta manera, los hablantes acentúan o mitigan, según su voluntad comunicativa, algunos aspectos de sus expresiones. Esto se consigue con el empleo de marcadores del discurso o formas gramaticales tales como tener que + INF, o «determinantes calificadores y cuantificadores» (p. 124). Fant distingue tres grupos de modalizadores. En primer lugar, están los que se refieren al grado de confiabilidad del discurso expresado, denominados modalizadores epistémicos, como por ejemplo evidentemente, en realidad, etc. El segundo grupo expresa el grado de intersubjetividad de los hablantes con formas como claro, por supuesto. Es más, a través de ellos los participantes pueden llegar a «establecer el consenso necesario para resolución de problemas» (p. 129). Por último, están los que modifican el grado de acierto comunicativo, que pueden ser comentarios metalingüísticos que describen una planificación discursiva o una autorreparación; ejemplos son bueno, por decirlo de alguna manera, digamos etc. El examen de los datos que realiza Fant es detallado. Comprueba precisamente que los modalizadores son polifuncionales. Señala que siempre se debe hacer un examen puntual conjuntamente con el contexto dialógico.

Los próximos dos capítulos tienen en común el estudio de los juicios. En el Capítulo 6, «Los juicios orales: un subgénero de lo formal» de Antonio Briz, se examina la organización y a la vez se caracteriza un juicio oral como un subgénero discursivo dentro de los géneros formales. Briz observa que en un juicio «domina el registro formal y un alto grado de fórmulas y cortesía ritualizada» (p. 155-156). Para efectuar un análisis más preciso, describe componentes extralingüísticos que  tienen un simbolismo especial para conformar la situación y dar forma a lo que es un juicio. Estos elementos son el entorno, las vestiduras del juez, la conformación espacial de cómo están dispuestos los participantes y los roles que cada uno de ellos tiene. Igualmente se describen las distintas fases de este proceso como son el inicio con las acusaciones y la defensa, la fase de pruebas, las conclusiones y el cierre con la sentencia. En breve, se puede observar cómo, aunque un juicio parecería tener una forma dialógica pues se da en un medio oral, no ocurre así en estos casos. Este tipo de evento es un género más bien formal con una alta convencionalización y un orden «fijado y preestablecido» (p. 153). El juez se presenta como un moderador al que todos se dirigen. Se revela, además, que el fiscal y abogados utilizan mucho su tecnolecto, así como estrategias para dar una visión de certeza y seguridad. Tal vez uno de los elementos que destaca Briz, y que podría antes haber pasado desapercibido, es la influencia de lo escrito sobre lo oral, en la medida que «se oraliza lo escrito, con frecuencia se leen escritos necesarios para la causa etc. (…) [hay un] uso frecuente, incluso abusivo de esas fórmulas rituales y de esas combinaciones de formas fijas, cultismos, latinismos» (p. 157). En cambio, María Bernal, en el capítulo 7, se concentra en un evento particular: el juicio del 11-M, llevado a cabo en 2007 para juzgar a los acusados del atentado terrorista en Madrid en 2004. Esta autora estudia la expresión oral y los rasgos coloquiales en el habla de los profesionales (letrados, los fiscales defensores y el presidente del Tribunal). Este juicio, afirma Bernal, fue un acontecimiento público mediatizado, que se retrasmitió en distintos medios comunicativos.

Los datos de Bernal provienen de extractos «de la emisión de Datadiar de las diferentes fases de la vista oral: fase de interrogatorios, testifical, pericial y conclusiones excepto de las últimas palabras del acusado» (p. 166). Para entrar en el análisis, esta autora detalla las características de la lengua formal, coloquial y del lenguaje jurídico para luego hacer un examen escrupuloso. La autora incide en cómo los  juicios se enmarcan en un contexto institucional-formal, donde se suele asumir que la lengua será formal, cortés y con una organización planificada y poco flexible. No obstante, Bernal muestra que en el discurso de las partes profesionalizadas emergen muchos rasgos coloquiales. Estas son, por ejemplo, el uso de tácticas fónicas informales, el léxico y formas gramaticales coloquiales entre otras. La autora explica este comportamiento por el hecho de que los profesionales jurídicos intentan convencer al público acercándose a este con un lenguaje más fácil de comprender y también apelando a  su sensibilidad; es decir, por razones retóricas y argumentativas se coloquializa la lengua.

Los capítulos que siguen estudian otro tipo de interacciones comunicativas en ciertos grupos particulares. Por ejemplo, en el capítulo 8, «¿No podría hacer otra cosa para que me den el préstamo? Un estudio sociopragmático de interacciones de servicio entre participantes de Lima», Carmen García examina la negociación lingüística de las relaciones interpersonales en un encuentro de servicio donde se solicita un préstamo bancario. Para ello se sirve del modelo de Spencer-Oatey (2005), pero  centrado «en el ámbito ilocucionario discursivo» (p. 197). Los datos se recolectaron a través de dramatizaciones libres, en un grupo de 20 peruanos (50% mujeres y 50% hombres) de 23 a 30 años y de lengua nativa española. A los participantes se les pidió que solicitaran un préstamo bancario y al supuesto bancario que negara el préstamo. De esta forma se puede examinar las negociaciones lingüísticas de los participantes en esta tarea.

García detalla el modelo de Spencer-Oatey para luego comentar sucintamente estudios suyos anteriores que describen los comportamientos pragmalingüísticos de peruanos en otro tipo de cometido y situación. La autora encuentra que a pesar de que la tarea era transaccional, los participantes buscan «una relación personal con el interlocutor» (p. 208). Es más, García nos indica cómo en el pedido del préstamo los interactuantes utilizan estrategias donde predomina el respeto al principio de asociación. De esta manera se revela que esta cultura no solo fomenta la interdependencia entre sus miembros, sino que además da preferencia al bien de la comunidad y a expresar la preocupación por los otros miembros de esa comunidad. Es curioso que no haya diferencias significativas en la conducta lingüística de hombres y mujeres.

García destaca que los resultados de esta investigación coinciden con «sus trabajos anteriores», donde «hubo una perfecta sincronía entre los objetivos de comportamiento, el respeto de la imagen de identidad del hablante y del interlocutor y los deseos interaccionales» (p. 212). Esta coincidencia indica que a pesar de que sus datos no son naturales parecen captar bastante bien el comportamiento sociocultural de los peruanos.  Por otro lado, Lars Fant, Fanny Forsberg y Carlos Olave Roco conducen un análisis intercultural, pero esta vez se explora la forma como los sujetos adultos con español como L2, pero altamente proficientes, se comportan en la negociación lingüística de la tarea de pedir un permiso a su jefe. El objetivo de estos autores es observar de qué manera se adaptan estos adultos a las normas sociopragmáticas de la cultura meta que, en este caso, es la de Chile. Los datos para este estudio se componen de dramatizaciones abiertas donde los participantes actúan como empleados que piden unos días de permiso a su jefe por razones personales. La situación ficticia conlleva un conflicto grande de intereses, pues el día que el empleado necesita la licencia se supone que se llevará a cabo una importante reunión en la empresa; a su vez, el empleado supuestamente necesita el día libre porque su hermana se casa en un lugar alejado del lugar de la reunión. Los participantes son 15 empleados: 8 nativos (que actúan como un grupo control) y 8 suecos. El análisis comparativo es detallado y esclarecedor. Los resultados apuntan a que los no nativos no logran adaptarse totalmente a las normas de la cultura chilena. Éstos, a diferencia de los nativos chilenos, suelen ser más formales, presentan un mayor grado de distanciamiento y utilizan menos apelaciones afectivas hacia el jefe. Igualmente se observa que los no nativos muestran mayor inseguridad en el tipo de estrategias que deben utilizar para negociar su pedido. Esto hace que las intervenciones de los suecos sean más largas. Los autores concluyen con una pregunta clave que se debe seguir investigando: «hasta qué punto es posible una aculturación completa de un individuo que ha entrado en una comunidad meta a una edad adulta» (p. 247).

En el capítulo 10, «La pragmática contrastiva basada en el análisis de corpus: perspectivas desde el lenguaje juvenil», de Anna-Brita Stenstrom y Anette Myre Jorgensen, se examina el uso y función de algunos marcadores pragmáticos por parte de los adolescentes de dos comunidades de habla distintas: Londres y Madrid. Las autoras enfatizan la importancia de estudiar la lengua juvenil, que en muchos casos es innovadora, apoyándose en investigaciones anteriores1. Los datos provienen de dos bases de datos electrónicas COLAm (Corpus de Lengua Española de Madrid) y COLT (Corpus del Inglés de Londres). Indican que estos corpus lingüísticos se centran en la lengua de las capitales «pues por regla general se dan primero los rasgos innovadores antes de extenderse por toda la nación» (p. 257). En particular, se explora cómo estos marcadores funcionan como formas fáticas o para enfatizar un contenido, como formas metadiscursivas, elementos para retener los turnos, o para apelar al interlocutor. El contraste entre las dos comunidades juveniles apunta a similitudes, pero también a diferencias. Por ejemplo, en ambos grupos se utilizan «las llamadas de atención, los reclamos de retroalimentación, las interjecciones, los vocativos, y los insultos amigables (…), los atenuantes, así como los reformuladores, las elipsis, las puntuaciones y los cierres» (p. 272). No obstante, dicen las autoras, los vocativos se emplean más en Londres, algunas formas manifiestas en los jóvenes londinenses no tienen una contraparte en el español de Madrid tales como shit y crap (p. 270). Cabe señalar que no hay referencia a trabajos de esas dos comunidades de habla en adultos.

El libro que comentamos se cierra con el capítulo de Ana María Harvey y Marcela Oyanedel, titulado «Roles en conversaciones poliádicas». En él se examina la co-construcción de ciertos roles que actúan como facilitadores para llevar a cabo las tareas que emergen en discusiones académicas en grupo, principalmente, los de gestor y cuestionador. Los datos para este capítulo son sólidos y triangulados, es decir, enfocan el estudio desde distintas perspectivas. El corpus cualitativo consiste de 12 videograbaciones de reuniones de estudio entre grupos poliádicos de universitarios chilenos de distintos campos (i.e., psicología, sociología, letras y educación). Estos se complementaron con un cuestionario y cuatro videograbaciones de grupos focales «con los participantes de los distintos eventos» para obtener sus representaciones de los roles asociados a estos grupos de estudio (p. 293). Se destacan los roles funcionales emergentes de gestor y de cuestionador que por su carácter discusivo son transicionales e intercambiables. En otras palabras, estos roles pueden asumirse por distintas personas en distintos grupos o momentos (p. 288). Estos, además, son reconocidos por los estudiantes, aunque ellos no los etiqueten con esos nombres. Los estudiantes que participaron en estas discusiones  indican la necesidad de tener personas oficiando este tipo de roles para poder cumplir con los cometidos que estos se proponen en los grupos de estudio y así llegar a acuerdos colectivos. Igualmente, se encuentran ciertos recursos lingüísticos en el habla de aquellos que desempeñan estos roles. En el caso del gestor, se observa, entre otros, la utilización de preguntas con preposiciones disyuntivas, de preguntas con formas declarativas, o formas imperativas que dan instrucciones, mientras que en los cuestionadores se observa el uso de los marcadores discursivos como pero y es que, y de «simetrías sintácticas y repeticiones» (p. 291).

Como comentario final, nos parece pertinente indicar que este libro contiene un  amplio espectro de artículos que versan sobre la oralidad, con ejemplos en español y otros con adaptaciones en español. Algunos de los capítulos proporcionan teorías adaptadas al análisis dialógico, mientras otras muestran avances empíricos en esta área, por lo que recomendamos su lectura.
Notas

1 Como los de Briz (2003) y Eckert (1997) entre otros.

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