FEDERICO GUZMAN EN LIBRERÍA IBEROAMERICANA / MARTES 23 / 19.00H

Federico Guzmán Rubio

Federico Guzmán Rubio

Federico Guzmán Rubio (México, D.F., 1977) ha publicado varios cuentos y ensayos en distintos medios y antologías. Con Los andantes (Lengua de trapo), Guzmán Rubio consiguió hacerse con el Premio de Narrativa Caja Madrid del año 2010. Recientemente publicó su segunda novela, Será mañana (Lengua de trapo), de la que te ofrecemos un fragmento. Acompáñalo este martes 23 en nuestra librería, donde leerá y charlará con el público.


De Será mañana

No tenía caso seguir viendo lo que ocurría. Quedarse ahí, además, llamaría la atención de los matones contratados por los dueños de la mina. A sus espaldas, el desierto cortaba la vista. El color pardusco y las ondulaciones leves lo hacían parecer los lomos de una manada de animales muertos, ya secos. Siete hombres bien armados vigilaban que nadie se acercara. Otros dos, ya cansados, cuando recobraban algo de fuerza, seguían pateando el bulto en el piso. En algunos puntos, debido a la alta concentración de sal, la tierra brillaba. Era un reflejo agresivo, más parecido a una espina que a los rayos vivificadores del sol o a la lumbre acogedora de las fogatas. El primer bulto hacía tiempo que no se movía. Sólo se le acercaban las moscas. El pueblo, encajado detrás del cerro donde estaba la mina, no alcanzaba a verse. Las figuras que subían o bajaban el cerro parecían caminar sin rumbo, salidas de ninguna parte, sin destino. Eran más viento que hombres y mujeres. El segundo bulto de vez en cuando movía el cuerpo ensangrentado, aplastado, con espasmos y temblores, no con movimientos voluntarios. Las mujeres lloraban pero respetaban la línea que habían marcado los guardias. El segundo bulto, cuando aún era hombre, no la había respetado. Había intentado socorrer al primero, que ya era un bulto. Los guardias cumplieron su amenaza con regocijo. Aunque los dos que golpeaban parecían cansados, después de algunas patadas tomaban aire y gritaban “crucen la raya, pues, que patear esto es como patear una pelota pinchada”. Un grupo de mujeres agarraba a la que más lloraba para impedir que fuera a abrazar a su bulto. La otra viuda estaba sentada en la tierra y lloraba en silencio, con la cabeza gacha, la cara tapada por las manos envejecidas. Nadie la consolaba, por tristeza, miedo y vergüenza. Frente a la mina el horizonte se extendía amplio. Nada lo atajaba. Aunque no lo supieran, esto hacía sentir a los hombres más solos, más perdidos. La huelga se había frustrado antes de empezar. Ni siquiera se habían necesitado contratar esquiroles ni llamar a la policía. Bastó con matar por la noche a cinco de los organizadores y por el día a estos dos. Él y otros seis o siete de los huelguistas tenían armas. Usarlas significaría desatar una carnicería; no usarlas, quedarse viendo a los dos bultos o apartar la vista hacia el desierto. Escupió. El polvo se tragó el escupitajo en pocos minutos, pero él ya no alcanzó a verlo: estaba subiendo el cerro, en dirección al pueblo. Como iba todo cubierto de polvo parecía una ventolera que movía algo de tierra. Una ventolera, una aparición o un bicho que se confunde con el paisaje para atacar o para que nadie se entere de que está vivo.

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