35 MUERTOS DE SERGIO ÁLVAREZ, RESEÑA

Sergio Álvarez: 35 muertos. Alfaguara (Bogotá y México, 2011; Madrid, 2013)

Reseña de 35 muertos, de Sergio Álvarez. Por José Ignacio Padilla. Fuente: Hermano Cerdo.

Acaba de editarse en España 35 muertos, aparecida en Bogotá y México hace año y medio. Quizá sea una buena ocasión para hablar de esta novela, de la que oí por primera vez en la última feria de Guadalajara, donde escuché a su autor, el colombiano Sergio Álvarez. Durante su charla, Álvarez reveló con humor algunos elementos autobiográficos ficcionalizados en esta novela e insistió en que la clave de su escritura fue la abrumadora presencia de la muerte en su vida: amigos que morían, familiares que morían, conocidos que morían. Muertes y más muertes que intentó espantar con la escritura de este libro.

9 años de investigación, entrevistas y escritura son un tiempo largo. La solidez de la novela es eco de ese proceso, aunque su lectura parezca ligera, tocada por cierta gracia. ¿Cómo puede tener gracia y ser graciosa una novela con tantos muertos? En la versión del autor sobre su necesidad de escribirla resuena la recurrente pregunta ¿cómo narrar la violencia? Álvarez ha usado una forma, una máquina narrativa eficaz: una máquina sentimental. Aparentemente, ésta es una crónica sentimental de la violencia colombiana. 

Los fragmentos o capítulos parecen historias de las que se cuentan en las canciones: “Te compro tu novia”, “Brujería”, “Los caminos de la vida”, “Mi libertad”, “Que no quede huella”, “Honda herida”. De hecho, cada capítulo lleva por epígrafe unas líneas de alguna canción. Y si bien los epígrafes no siempre funcionan, las historias tienen contundencia. El resultado no es el cliché ni lo estereotípico: Álvarez logra simultáneamente cercanía y distancia de la cultura popular para introducir la violencia como un pliegue.

No nos adelantemos. El protagonista es un pícaro a quien seguimos durante 35 años de aventuras y derrotas, ascensos y caídas, cuyo fondo es la historia política reciente de Colombia, en la que inevitablemente se ve envuelto. Su madre muere en el parto, el padre se suicida, lo acoge un tío allá en el campo, luego una tía. Ésta lo lleva a Bogotá, donde se hace militante comunista y la niñez es entonces una fiesta de adultos entregados a una borrachera idealista de izquierda y el subsiguiente choque con la realidad, cuando empiezan la represión, los infiltrados, las desapariciones, las torturas, las delaciones. El protagonista entra en la adolescencia, la escuela, el barrio, la pandilla. Crímenes menores entre aprendices de criminales. Robos, drogas, peleas, mujeres, sexo, muerte.

El relato se va armando apoyado en la narración del protagonista y otros personajes. A la inocencia y torpeza del primero, siempre perdido pero siempre listo a huir y salvarse, se le oponen el cinismo y lucidez de los otros narradores, casi siempre resignados a hacer lo que tengan que hacer para sobrevivir.

Toca enamorarse y ser traicionado. Toca ver morir a los primeros amigos. Toca seguir en la universidad, disputada por guerrilleros, narcos y militares. Tocan polvos increíbles, amores imposibles, lágrimas, borracheras y peleas. Toca lidiar con los narcos, negociar, huir de la represión. Toca que el ejército se lleve a tu novia herida y vivir como un fantasma en la calle, mendigando y fumando. Toca una leva y servir en el ejército. Etc.

Resumido así, todo esto suena un poco exagerado y bastante trillado. Pero si la intensidad y las emociones las formamos y canalizamos por los relatos que circulan en la cultura (canciones, chismes, cuentos, películas, historias), Sergio Álvarez hace lo mismo para tocar una fibra cierta. El registro sentimental, melodramático, exagerado, no es sólo estilo. Es una manera de dar forma a la violencia para conectar con ella. Álvarez toma el código y le devuelve la energía de la que todo código social emerge. Es una operación distinta pero afín a la de Manuel Puig con los materiales de la “cultura de masas”.

El gesto no acaba en la performance, la novela ensaya y abandona explicaciones para una cuestión tan grave como la violencia. Aparece la voz de la moral popular y nos dice que las pasiones del alma son irreprimibles: el deseo, la ambición, el poder, la traición, la mentira, el engaño: los lugares comunes de las telenovelas. Luego nos dice los mitos del macho (que viola, se coquea, golpea y mata) y la hembra (calentona, insaciable, traicionera). Esa moral también nos habla desde el esoterismo y la “experiencia” de la vida y de la calle: uno lleva en los ojos las muertes que carga, para ser alguien en Colombia hay que haber matado; aunque también: tanta muerte lo sigue a uno, lo atrapa, y tarde o temprano lo destruye. En otras palabras, se trata de “los designios del destino”.

Y sin embargo, de pasada, la novela suelta y corrige: “los designios del capitalismo”, el verdadero motor de esta Historia. (453)

Así, durante 35 años el protagonista va rebotando, la fuerza de la violencia le da y le quita, le da y le quita, le da y le quita. Él engaña y es engañado. Con el añadido de que se ve envuelto con los guerrilleros y con los militares, con los narcos y con los paramilitares, con los pandilleros y con los universitarios. Su historia me recuerda a otra, narrada en un libro publicado recientemente en Perú y México: la historia de Lurgio Gavilán, terrorista, soldado, luego seminarista y finalmente antropólogo (Memorias de un soldado desconocido: autobiografía y antropología de la violencia, Instituto de Estudios Peruanos y Universidad Iberoamericana). Los registros de estos libros son muy distintos, pero en ambos casos la Historia, de manera inverosímil ha puesto a estas personas/personajes en sucesivas y contradictorias posiciones: izquierda y derecha, soldado y terrorista, asesino e inocente.

El modelo literario de 35 muertos es el de la picaresca. Un pícaro colombiano que va rodando por el mundo. Pero Sergio Álvarez (que también es periodista y guionista de cine y televisión) tiene suficiente mano para que el género no le gane a la materia de su novela. Podríamos oponer este libro a Abril rojo de Santiago Roncagliolo, que también toma una forma/género (la novela policial) para abordar la violencia en su país (Perú).

Pero si Roncagliolo fracasa e impone una forma de manera inverosímil, recorta un estereotipo al que le queda grande la violencia política, Sergio Álvarez consigue relajarnos con su gracia, con cierto cinismo, con su ritmo narrativo y así, cuando uno ha bajado la guardia, le clava en la cara toda la fuerza de esa violencia.

Esta novela no es perfecta, muchas coincidencias son demasiado forzadas, pero cuando uno se detiene a dudar, la novela sigue con su vértigo y rapidez, y la exagerada vida de este pícaro nos recuerda que allí cabe todo y mucho más, que ésta es una crónica realista pero es también una telenovela y un corrido mexicano y salsa de la más lumpen y que sí, que todo este delirio exagerado y atroz bien puede ser verdadero.

En una escena secundaria aparece fugazmente “Mario Vargas Posa”: “Mario Vargas Posa empezó a decir que la cultura salvaría el continente y me dio risa. Todo lo que afirmaba no era sino basura, la misma basura que había oído desde la juventud, la misma clase de basura que me había metido en el maldito Palacio y que me tenía rodando por el mundo como una paria” (467). Vargas Llosa y Roncagliolo nos cuentan una historia, una fábula moral del bien y el mal. Sergio Álvarez está intentando quitarse algo de la cabeza, tiene que contar.

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